jueves, 14 de febrero de 2008

Algo de Dadá


Algo del recuerdo. Esta escrito por Fernanda González que aun no se anima a sumarse al personal de servicio higiénico y por mí, o sea, Lore Contreras. disfrúntenlo, tiene mucho de jugo y mucho de en serio.



MANIFIESTO DADÁ
Aunque Dadá nunca cayo, o no tuvo necesidad de caer en bajezas como las que son comunes en poetas de inferior categoría, aunque pudo ahorrarse varios de esos procedimientos, o por lo menos, ahorrarse la necesidad de darse cuenta de que los usaba, ¿negará alguien que hubo mucho en Dadá de Fama a todo trapo? ¿Se negará que fue padre y Dios tutelar de toda la posterior generación de charlatanes que hicieron de la falta de rigor intelectual la retórica estupidézca, la versificación facilista, y el culto a los hombres a poto pelado, una especie de industria cultural ciertamente asociada al progresismo?
No se tome esto como un reproche. Vieran ustedes con qué pies de plomo me he movido con estos caballeros para no despertar las iras asesinas de sus devotos, que suman legión. Bien. Yo conozco a Dadá, y sé que se ha despertado una mañana, grave, enfermo de un virus al que hemos llamado caraderajismo.

DESVENDAOS LOS OJOS TODOS ANTE DADÁ!
MIRÁD TODOS A DADÁ!
DESCUBRIEIS…. QUE DADÁ… SOY YO.

Caraderajismo y otros graves males que reciben el secreto de tres de las más grandes universidades del saber: la hierba, la carroñería y la Bastilla a solo pasos de Inglaterra, y que más tarde han procurado mantener camuflado tras el show de antitóxicas blasfemias y flemas condensadas. La información entregada por fuentes sanitarias, deviene de lo que será el criterio de quienes saben de lo que les conviene. Pero Dadá se ha mantenido lejos de lo que podríamos llamar los pasos entre la A y la Z, y por su puesto de lo que vendrían siendo las hemorroides de los clérigos de Ámsterdam: los fugitivos de la santa inquisición.
Incierto futuro, por cierto y como bien dice su nombre Dadá, a bordo de la tripulación, tenía claro su destino. Para nosotros todo esto está en competencia, aunque la discusión todavía existe y los subyugados al oro de la persecución que generalmente se utiliza como agradecimiento todavía y no muy lejos comen carnes de pescados.
Las comodidades…problemas mentales. He ahí que la creatividad y los conjuntos son los principales interesados en un grupo local. En rigor, criad gallinas, que suenen como mi amor, y la caja de cambios de mi rubro (el vestuario) cerca del ensordecedor repique de la campana de un oportuno y rotundo Adiós.

Diciembre, 1914: Francia es azotada por invasión Alemana
Alemania se enfada con sus enemigos y les pide que le cedan sus apacibles y campestres tierras. Los vecinos se enojan porque los alemanes entran con sus tanques que les arruinan el pasto recién plantado sobre el cemento. Los alemanes se ensañan porque sus vecinos no prestan los baños para evacuar toda la podredumbre que almacenan en sus cerebros los adultos Germanos. El esfínter no aguanta y no queda más que escupir los bellísimos residuos sobre la humanidad.
No obstante los vecinos que no son vecinos, pero que son vecinos de los vecinos, levantan el dedo autoritario que durante la noche se repliega en la cavidad bucal de Winston Churchill y exige, casi como rogando que los del frente, esos que quedan cruzando el charco mar del atlántico y de los siglos de los siglos y con el espíritu de los nortinos y de los Alemaninos y los Inglesinos y el séquito interminable de naciones lustrabotas. Entren por favor caballeros de la otra ribera y límpiennos la cancha de equitación que los Alemanes llenaron con sus fastidiosos caballitos de metal. Esos equinos sucios e insolentes babean y queman los elegantes edificios que construyeron nuestros padres.
Si, los erradican pero con más fuego, mientras al retrato de Rosseau se le enturbian los ojos. Ya no vemos, pero mejor para nosotros así no tenemos que ver si lo que comemos, el pan elitista de cada día que no alcanza porque no en todos los lugares hay cielo ni mucho menos trigo para hacer el pan, es tal vez la carne del vecino que sabe amarga pues antes de matarla se le inyectó una dosis al céfalo que hizo contaminar con los residuos encéfalo craneanos el resto de la carne que se mantenía aun tierna.

20 de Abril 1915: Se le ha visto a Dadá repartiendo esperanzas a fuera del cementerio principal. Las esperanzas dicen: “Aun quedan edificios lo suficientemente altos como para reventarse los sesos con un piquero desde la azotea”. Los bonachones obreros de la guerra nos asesinan a domicilio, no se muevan de sus casas el monstruo hermoso de la muerte y la estupidez llegará amorosamente a sus puertas. Dadá se queda en el hogar y se come el arroz de mamá y el del niño pequeño que ya no es cándido porque el caballito de madera lo pervierte, les robamos.
Dadá come y no tiene esperanzas. Atención: dadaístas se toman la sala de la conciencia, Dadá es pacíficamente agresivo, porque el señor nuestro altísimo presidente y su santidad la bienamada violencia se desearon y unieron sus cuerpos. Dadá vomita porque no tiene asco, porque no razona, porque no quiere, porque no anhela, porque no tiene ganas, porque no hay motivación ante el espectáculo que montaron las autoridades para convencernos de las ventajas de sus juegos de estrategia, y porque no y no y punto y porque lo dice el excelso trasero del lado en entrevista exclusiva con un tripulante del Lusitania que no sobrevivió, pero que habita en las desvergonzadas mentes.
Dadá les dice cómanse los unos a los otros, porque si no nos morimos de hambre y hasta acá llega el festín y las cosas entonces tomarían tanto sentido que tal vez nos volveríamos inteligentes.
“No queremos más inteligencia, con la estupidez basta y sobra”. Afirman los más lúcidos.
Pero el diario dice y repite una y otra vez: El mundo está en guerra, la masacre continúa, fúguense los que puedan y los demás se quedan adscritos a la tierra recitando las verdades que los portadores de las mentiras nos enseñaron. Dadá se come así como se huele la muerte. En todos los almacenes de Zurich no se vende Dadá así que no corran a comprarlo. Dadá está en todos lados, no se preocupen, porque la nada está en todos los rincones, no escapen, ni se rían, más bien lloren.

lunes, 11 de febrero de 2008

Kuando mueren los Hombres Suspira El rey Chivo

observo desde nuestra montaña la estupides humana, que kon alegria y ambiciones destruyen lo ke no les pertenese, que kon sus labios producen mas ruido del ke deverian, eske kon tantas abladurias ni el decierto se ciente solo, no logra retornar a su naturaleza, sus manos se unen en buska de un jigante ke no existe, sera ke la kapacidad de pensar de decear, asesinar prokrear sera mucho para ellos? es facil para mi rechinar mis pesuñas kontra la roka firme y hacer ke exploten sus cerebros y ke sus almas bagen en la okuridad ....
kon mi verga podria embarasarlas a todas ¡¡¡¡ ... pero ellos no merecen la sabiduria de la montaña.
kuando el decierto se incendia ellos temen , kuando el cielo enrojese no komprenden, kuando el mar se entretiene ellos corren, akaso no entienden a kien tienen ke respetar¡¡¡
no soy piadoso, pero el error no me pertenece.

domingo, 10 de febrero de 2008

Más idioteces



Este poema es para todos los que alguna vez se han sentido inútiles en el mundo; sobretodo para los que se han sentido demasiado útiles.

CESANTES

Es un grupo de tipejos que auto-induce agonías espasmódicas
Cuando el balanceo del trago sucio es disfrute clandestino-y especial-.
Yo sólo veo que el tránsito amarillo sobre las palmeras
Se extravía al rouge sobrecargado del payaso,
Que el airecillo grisáceo de los nasales se aleja del dictamen inquietante
Sobrenatural al hambre, y a la sed quijotesca de los días de caza.

Lo que no saben es que no se juega cuando se lanza la carne a la jungla.

Ahí los zumbidos se abren
¡Capullo de rosa!
Las dos piernas se abren
Las prostitutas
En veneno arbolesco,
Volador como el airecillo grisáceo de los bares;

PERO NO

no es sólo una bocanada promiscua que se escapa
es el enjambre de chirridos que vuela
y que se hunde en los ojos
y en los parpádos
y después,
y después,
después..

estamos solos escalando montañas interminables
posando los tejidos en los peldaños sagrados de los incas.

¿Se imaginan ustedes
Ahí solos babeando sobre los altares?
De pronto somos sólo luces que se mueven,
Y ni siquiera eso:
Somos sombras, recuerdos de una mente maquiavélica
Mendigos sin ofrendas
Actores de un escenario vacío
sacerdotes de un mundo huérfano.

¿De qué sirvió entonces la agonía
El sacrificio
Los clavos en los pies, en las manos, las espinas en la frente?

POR-FA-VOR

Mi lengua ya no sostiene al mundo.

martes, 5 de febrero de 2008

Mañana será otro día.

Mañana será otro día.

Barajé variadas variantes en aquel desvarío y ninguna pudo con la invariable realidad en aquel barrial plomo. Preferiría explicar mi situación antes que todo se preste para un tres tristes tigres secundario (ineludible, la verdad).
Me hallo contemplando un bellísimo, ciertamente bellísimo atardecer, en la azotea del edificio que me parece el más alto jamás cimentado. Sería imposible despegarme de ahí, no sólo por el deleite tornasol de la caída del día, sino además por la infame circunstancia, la cual, infame como se pueda, me sostiene ambos pies al edificio fijados con cemento. Un tipo más creativo diría que soy un subproducto de la azotea, o bien, parte de ella, como una antena, pero hagamos hincapié en que lo hubiera concluido con su par de pies libres de mala fortuna. Ahora bien, barajaba variadas variantes en aquel desvarío, buscando qué extrañezas podían a uno ocurrirle mientras se fuma un cigarro frente a la entrada del hogar que superen particularmente en rareza a la cual me ha tenido desde la mañana con ambos pies sujetos a un destino labrado en concreto.
Pensé primeramente en una extrañeza poco usual: Por la mañana, una vez encendido el cigarro, con decisión doy paso afuera. Un ciclista atropella mi pie y en ese mínimo instante, los rayos de la bicicleta se disparan fuera de la rueda y se unen al cortaviento del ciclista formando unas alas de murciélago bien coloridas. Por el viento, la posición del ciclista, la velocidad que llevaba, y por supuesto, mi pie como rampa, se eleva, dando la sensación de que él mismo se impulsaba con sus piernas al pedalear, mientras la tensión de sus alas y la resistencia al viento lo convertían en un ave rapaz emprendiendo su cacería. Me parecía una extrañeza difícil de acontecer, pero casi nada extraña. Bien tiene la virtud de ser instantánea, y corresponde a la rapidez con que los hechos realmente han ocurrido, pero vi todo descartado debido a la probabilidad. Pensé agregar dramatismo, que la ráfaga de viento del ciclista apagara el cigarro; y, aún así, no me pareció suficientemente improbable luego de mirarme ambos pies férreos, ya cansados de luchar.
Luego varié, y en terrenos melodramáticos hallé una extrañeza que si bien podría ser bastante posible, reflexioné que era en sumo extraña. Al dar aquel paso afuera con mi cigarro y todo lo necesario, veo a mis pies una canasta y dentro un bebé. Comprueben que ha sido un hecho singular, sin duda, pero nada cercano a una variante de lo que realmente me ha ocurrido esta mañana. Digamos que el bebé está durmiendo. Advierte mi presencia de buitre y abre los ojos. ¡Ahhh! Pero ¡ojo! No tiene ojos. El bebé no tiene ojos. Más bien, no tiene ojos donde debiera tener los ojos, sino que tiene en sus manos amarretes de guagua sus globos oculares, que muy tiernos me miran, y miran de un lado a otro para ver si alguien más nos está viendo. Los ojos, como los de todo bebé, son azules, o verdes quizá. En fin, de un color bello e inigualable.
En estos momentos trato de darle sentido a todo esto, pero me es imposible cada vez que intento otra extrañeza; por lo que, sondeados ya diversos temas y tonos para otra historia, además de personajes ilustres esperándome a la salida de mi casa (entre los cuales se cuentan el Papa, Luis XIV, mi madre y varios cineastas); animales de todas las especies; choques y explosiones (una de ellas consiste en la combustión espontánea de algún transeúnte que bota su colilla al suelo); premios millonarios y prensa; canales de televisión nacionales e internacionales; hermanos no reconocidos; y, por último, una lista sin fin de oradores, testigos de Jehová y mormones sedientos de atención; se volvió una tarea inescrutable igualar en sorpresa, potencia y absurdo mi contexto vigente sobre aquella azotea.
Explicaré el por qué de lo difícil de esta empresa. La mañana de este mismo día, encendido el cigarro, violé (tal parece) con pie izquierdo aquel trazo divisorio entre propiedad y dominio público (salí de casa), y bastó la acción para que suelo bajo mis talones y nubes sobre mi cabeza, abrieran paso a la más descomunal, improbable e irremediable de las construcciones, que, cercenando todo a su paso, se erigió a modo de ojiva nuclear por sobre todo lo conocido e imaginado, conmigo como bandera conquistadora. Es difícil explicar y hacer entender que en ese minuto, todo lo que antes me parecía extraño, cobró absoluto sentido y me pareció de lo más natural, ya que bajo mis pies se rompieron todos los adoquines, todas las raíces de los árboles, todas las napas, magmas, tuberías de gas y agua potable, cementerios indios, mapuches e incas.
Germinaba horrible, gris, áspero; desde el suelo donde solía fumar por las mañanas, el edificio cuyas proporciones aún no puedo descifrar (sólo sé que es el más alto) llevándome consigo en un aleteo de nubarrones.
En medio del ascenso frenético de la edificación, aprecié en la lejanía los surcos habitados por automóviles, la suciedad del aire en un punto y luego la limpieza del mismo en otro más alto. El vértigo que solía apoderarse de mí en ocasiones de gran altura, fue superado por el temor a ser despachado al séptimo cielo cuando bajo mis pies las sucesivas uniones de ladrillos y cemento se detuvieran (pues supuse que se detendrían). El sólo cálculo de la idea, dio a aquella aberración de rascacielo en desarrollo motivo suficiente para unirme por los pies a sí mismo e impedir que me alejara por impulsos físico-gravitacionales, o, peor aún, que me alejase voluntariamente de aquella azotea.
Con ambos pies sujetos a la moderna torre, sin posibilidad de rascarme siquiera con un palillo como hace uno cuando tiene puesto un yeso; sin poder sentarme, ya que el cemento me abraza hasta las rodillas; pienso, entre otras cosas, que sin duda a esta altura, muy por sobre el agua condensada en las nubes y muy por sobre la ciudad; de existir objeto alguno que me impidiera el alcance de los rayos solares; seguramente –sabidamente–, moriría por congelamiento en cuestión de instantes al no recibir calor alguno.
Y fue así como un objeto me tapó el sol, (porque no podía ser que yo pensara algo y que Dios no lo pusiera a prueba). Y resultó ser que, en efecto, comencé a congelarme.
Primero mis dedos. El frío avanzaba, no rápidamente, pero sí dolorosamente, fibra por fibra, subiendo por brazos y piernas y acechando mi tórax. Como una gangrena eléctrica que con cada ráfaga de viento avanzaba un poco más.
En cuestión de minutos hubiera muerto de no ser porque el mismo objeto que tapó el sol, era un paracaidista, sí, de aquellos que gustan de la velocidad, la adrenalina y todas esas cosas que te impiden fumar en paz. El infeliz caía lentamente con su paracaídas, tapándome el sol, quitándome la vida de a poco. Y su descenso torturaba muslos y hombros de mi cuerpo, y yo en el mismo lugar. Pies fijos al suelo, él encima, enviado por Dios, pronto a descubrirse: ángel o demonio expulsado del paraíso.

- ¡La gran puta! –Gritó–. ¡La gran mierda!
- Ehhggmmm… mmhhhefhh… –ni lengua ni mandíbulas me respondían.

Finalmente, el tipo tocó suelo.

- ¡La gran mierda! ¡Pero qué cagada! ¡¿Qué es esto?! ¡Dios, la gran puta!
- Mhhfheeehhh, dddque lllla gggrrran pppput-t-t-ta, d-d-d-Dios, y… y la p-p-puta
- ¿¡Qué?! ¡Qué dices! ¿¡Estás enfermo?! ¡Tienes que ser imbécil! ¡para hacer este tipo de apuestas, cagón de mierda, mira que anclarte los pies aquí! ¡qué mierda de tipo!
- C-c-cagón –pude escupir–. ¡Cagón d-de la mierda! ¡Por poco no me has matado, cabrón de la re-mierda!
- ¡Pero qué es lo que te pasa! ¡Eres imbécil! ¡Tienes que serlo!
- ¡Ayúdame! ¡Trae ayuda! ¡Haz algo!
- ¿¡Y cómo?! ¿¡Te jalo?!
- ¡Por favor! ¡Dile que me suelte! –Grité apuntando a mis pies.
- ¿¡Quién?! ¡de qué hablas!
- ¡Dile que me suelte los pies!
- ¿¡Qué?! ¿Hay alguien ahí? ¡Esto es serio, te está matando con esto! –Y el muy infeliz se puso a gritar a mis pies–. ¡Suéltalo, lo estás matando! ¡Lo estás matando! ¿¡Que no ves?!
- ¡Imbécil! ¡El edificio! ¡Dile que me suelte!
- ¿¡Qué?! –Se largó a reír–. ¡El edificio! ¡Tú estás idiota! ¡Sólo estaba jugando contigo! ¡estás idiota, cagón de mierda, eso es lo que pasa! ¡no hay duda! ¡Yo me largo de aquí!
- ¡No! ¡Por favor! –grité–. ¡Tiene que ayudarme!
- ¡Tú lo que necesitas es un médico de la cabeza! ¡La gran mierda! ¡Mira que meter los pies en cemento fresco!
- ¡Es que no entiendes! –El tipo comenzó a doblar ceremoniosamente su paracaídas–. ¡Salí a fumar un cigarro, y…!
- ¡Mira el loco de mierda! ¡Vaya lugar para un cigarro! –Dijo sin levantar la vista.
- ¡No! ¡Aquí no! ¡En mi casa! –Grité sin poder explicarme bien. Él se paró y guardó el paracaídas en su mochila–. ¡Por favor no! –Volví a gritar.
- ¡No tengo tiempo para estupideces! –Dijo, dándose vuelta y caminando hacia el borde–. ¡Por poco me mato! ¡Qué rapidez con la que construyen estos cabrones!
- ¡No! ¡No, por favor! – El tipo se giró hacia mí y soltó una carcajada.
- ¡Si pareces una antena! ¡qué hilarante! –Dijo riendo. Y como un buzo en alta mar se lanzó de espaldas al vacío, saludando–. ¡Cuídate cagón! –Gritó mientras caía.

No lo vi más.
Pasadas las horas de un inseguro rescate, mis ilusiones decaían, y mi rostro, calcinado por el sol, comenzaba a poblarse de quemaduras. Había gritado toda esperanza y sólo quedaba la comezón del abandono en mi garganta. Pasó por mi lado en cierto momento algún avechucho, y uno que otro se posó exhausto sobre mi hombro para recobrar fuerzas. Comprobé que para aquel paracaidista todo había sido extraño y a la vez posible. Fue así cómo, sorprendido por la humillación, abordé y busqué hondamente dentro de las posibilidades, y, ciertamente, muy dentro de las imposibilidades de mis pensamientos, un hecho que eclipsara tan deshonrosa realidad en la que me encontraba, e hiciera aparecer vagamente afortunado aquel designio terrestre que mantiene aún firmes mis pies a un destino incierto. Pensé en aquel ciclista, aquel bebé y en aquel paracaidista, y me ha sido ciertamente difícil esquivar el hecho de que mi situación es la más extraña. Fue así como finalmente emprendí, en medio de las alturas, la admiración de aquel paisaje sublime donde no existe más que horizonte, desde pasada la mañana luego de la visita del paracaidista, hasta este preciso momento del crepúsculo, en que el terror del frío y el congelamiento inaplazable ha disipado el deleite de un arrebol magnífico, cuando barajo variadas variantes de amparo en mi desvarío, y ninguna puede con el invariable destino forjado en concreto, con este último aliento del día y la caída libre de un sol inclemente, en estas últimas horas, en este ocaso, el mío.

Abril 2007 - Stgo. Ramirez.

cambio de diseño

a pedido del público ( de la mitad del publico del blog--> churro) he cambiado el formato. cualquier sugerencia es recibida... saludos cabros.

lunes, 4 de febrero de 2008

Para la vieja escuela

Bueno chicos, aqui subo lo único que se hacer bien hasta ahora: escribir poemas. Y ni siquiera tan bien. Asi que agradecería cualquier tipo de comentario, sin censuras, digan lo que tengan que decir. Para eso se crean estos espacios, supongo o no?....un poco de controversia no le hace mal a nadie, al contrario, la crítica siempre nos ayuda a ser mejores y a fortalecernos. Chile necesita más crítica, y no precisamente constructiva.
No espero que les guste.
Adios.


GRITOS

Soy un murciélago
cuando la obligación me empuja
a las volandas seductoras
alrededor de los farolitos.
Entonces te digo
¡elévate!
sobretodo abre el párpado,
deslízate conmigo entre partituras estelares,
descifra.

Parecemos vagabundos cuando en las bermas esperamos a la muerte.
Sabemos que los huracanes traen al olvido,
Que la muchedumbre finge gritar con nosotros,
Que sólo finge gritar.

¿recuerdan ellos las polvaredas y la ceniza?
¿recuerdan acaso las procesiones de fieles, arrodillados todos, pidiendo perdón?
El día en que se volvieron locos
Tú estabas conmigo,
Diciéndome demente.
Ahora entiendes por qué durante las noches de fiesta cierro las persianas
Y hundo mi cabeza en los lavatorios.
Las jaurías me aterran,
Sobre todo el olor a vacío drogadicto de las catedrales.

Por eso, durante las noches,
Toco tu ventana y tu cuello,
¡Me adormezco junto a ti para que dancemos juntos,
Mi amor, mi amor,
Seamos tigres!

domingo, 3 de febrero de 2008

EL “CHIMBARONGO” EN LA OBRA DE JOSÉ MARITO BENÍTEZ

Muchas cosas podríamos decir cuando decimos “José Marito Benitez”. Sufrimiento, dolor y poesía; tragedia, comedia, epopeya, simbolismo, romanticismo, naturalismo, comunismo, expresionismo, cubismo y un largo etc: una corriente tras otra, José Marito Benítez las ha abrazado todas, sin necesario orden histórico y muchas veces anticipando un movimiento o bien resucitando uno antiguo.

A los 9 años, su padre, rico empresario, le regaló una máquina de escribir, la cual fue usada por entusiasmo por el pequeño José. De ahí su primer cuento, El Gato Que Quería Volar, en la cual ya podemos presenciar la trágica dicotomía del ser y el deber ser, la naturaleza y los animales humanizados puestos en mismo nivel con el hombre, una actitud “animalista” que se adelantaba bastante a su época e incluso a los movimientos de protección de animales.

Un gato que quiere volar, es, al fin y al cabo, un animal que quiere tener las características de otro animal, queriendo en este caso las propiedades de las criaturas aladas. Ahora bien, el animal que se nos viene inmediatamente a la mente es el pájaro; recordemos las relaciones del pájaro con el Locus Amoenus, más específicamente con el ruiseñor, lo cual indicaría una expectativa de alcanzar el lugar ideal a través de la transformación, la mutación a otro ser. La metamorfosis al otro se hace fundamental. “El Otro, en el cuento de José Marito Benítez, juega el papel de chivo expiatorio, de cáliz sagrado, de ideal romántico inalcanzable mezclado con la tragedia griega del ser que, condenado a su fatalidad, camina a ella con los ojos vendados” (1). Un gato. Un pájaro. Un sintagma irresoluto, paradojal, contradictorio. Un anhelo de ser algo que no es. Trágico destino el del gato, como suele exclamar a menudo: “¡Ay Dios, cómo has equivocado esta alma con este cuerpo! ¡Si yo pertenezco al cielo, junto a los otros pájaros! ¡Dime, sólo dime! ¿Por qué?” (2) Dichas enunciaciones se repiten unas 26 veces a lo largo del cuento, lo que pone bastante claro el énfasis del autor en resaltar la fatalidad del gato.

El gato, tal como puede apreciarse en aquel enunciado, es religioso, creyente, presumiblemente católico, si bien el cuento mismo no lo explicita. Un paralelo con Cristo puede hacerse de inmediato, lo que pondría en descubierto el chimbarongo del texto en sí. Cristo y el gato; el pájaro y el ruiseñor; la realidad y el locus amoenus; la crucifixión y el regreso al paraíso. ¿Coincidencia?

El gato simboliza a Cristo. Por si no nos hubiera dejado ya suficientes señales que lo remiten de forma directa, Benítez deja en claro que su elección del animal es una clara referencia al mesías. Ambos terminan en “to” (ga-to, Cris-to), además de tener cada uno en sus respectivas palabras la letra “T”, que escrita en manuscrito (t) bien puede interpretarse como una cruz cristiana.

La cruz remite al Cristo ausente tal como el gato remite a las alas del pájaro envidiado. Como dijo Lacan: “Oli” . (3)

¿Quién es quién, en aquella obra de José Marito Benítez? O, mejor todavía: ¿pensó alguna vez José Marito Benítez en mí, y lo que yo escribiría de su obra? O: ¿es necesario que yo escriba sobre José Marito Benítez? ¿Acaso no seguirá existiendo la obra de José Marito Benítez sin mis graciosas opiniones? ¿Acaso no soy sólo un hombre frustrado con exceso de tiempo libre que no haya nada mejor que pegarse, tal como gorda sanguijuela, al tobillo de José Marito Benítez?

Pues la respuesta a todo ello, es, a su vez, son otras preguntas- que por supuesto, no expondré aquí por falta de tiempo.

Lo serio y lo cómico. La tragicomedia en El Gato Que Quería Volar. Las fábulas y Esopo. Los griegos y Atenas. Atenas y Esparta. Esparta y el Consejo de Ancianos y la historia de Chile por Sergio Villalobos.

Por Sergio Villalobos.

Se tiene que haber seguido con atención mis seminarios si se quiere alcanzar la profundidad de Sergio Villalobos.

Pero ustedes se estarán preguntando qué tiene que ver aquel hombre con todo esto. Y yo respondo de inmediato: nada.

Si nada es todo, este artículo lo tiene todo. ¡Sergio Villalobos es el universo! Y el universo es la nada misma.

“Heil Hitler” decían los nazis. Y yo les digo a ustedes: Heil yo.

¿Y qué me dicen de aquellos pobres judíos? ¿Aquellos pobres judíos, encerrados campos de concentración?

Murieron millones.

Yo también he asesinado. A textos como el de José Marito Benítez.

Miento. No maté al Gato que quería Volar. No se puede matar a lo inmortal.

Al que maté fue al propio lector, cuando leyó este artículo. Está muriendo en estos mismos instantes (¡sí, sí!), agonizando palabra por palabra mientras lee. Y lo disfruto.

¿Quién es el jefe ahora, Benítez? ¿Tú o yo?

¿Tú o yo?

Lo suponía.

¡Atención, todos ustedes! ¡Heil yo! ¡Heil yo!

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Citas:

(1) Davis, Walter: Who Let the Dogs Out? 1997, Harvard, Estados Unidos, pp. 31
(2)Benítez, José Marito: El Gato que Quería Volar y otros cuentos, 1945, Editorial Robinson, p. 1436
(3) Lacan: Desvaríos Varios y Confesiones Homosexuales, 1977.

viernes, 1 de febrero de 2008

Las cosas que pasan cuando uno no se entiende

Hoy estaba sentada al borde de mi cama doblando ropa. Tomé un pantalón y al agitarlo para que se estirara, botó un vaso que estaba dispuesto al borde del velador, el cual se encuentra junto a mi cama. Al caer el vaso, pero sobretodo al chocar directamente con el piso de madera y producir un estrépito atronador, me he puesto a llorar como una magdalena. Fue instantáneo. Casi podría decir que el choque del vaso contra el piso y mi llanto convergieron, más bien cumplieron una cita convenida vaya a saber yo cuando. Y ahí estaba yo, víctima de todo aquel complot tramado por un vaso y mi llanto. Lloraba con desconsuelo, y desesperanza, pues no sabía por qué lloraba, si por el vaso, por el piso o por estar al borde de la cama doblando ropa sin razón.